Saturno devorando a su hijo
Es esta historia, edípica historia vertida en toda la trayectoria de los pueblos, la incesante batalla padre-hijo, metafórico santo y seña de la crisis del hombre al prolongar su semilla al mundo, y no sólo como progénie, sino como obra, hecho o idea, y en esta situación todo ser humano, sin delimitación genérica, tiene mucho que decir. Saturno devoró a su hijo en el arranque pavoroso de conservación al saber que su hijo ocuparía su lugar, en el horrendo sentimiento de hundirse en el olvido-muerte, no olvidar-morir que Saturno hizo lo mismo con su padre Urano y sabía lo que podría sobrevenirle.
Estamos a diario enfrentándonos a nuestro hijo, que es el resultante dramático de la homínica ecuación mundo/interpretación/interacción = Realidad. El hijo que, como representación, reúne en sí toda la carga de riesgo que posee la posibilidad de que la imagen proyectada sustituya al sujeto que la proyecta, que el hijo sustituya al padre, algo que, como preconiza toda tragedia griega, HUMANA, debe ser enfrentado tarde o temprano con consecuencias impredecibles; de ahí que, con espectacular voracidad, Saturno (yo, tú, él, nos, vos, ellos) acabe devorando al retoño con la esperanza de vencer, a la vez que a ese implacable Cronos que nos agita en su particular escenario, al status de Dios/Ser Humano que observará el mundo sin posibilidad de corrección o explicaciones; Momento manda, y trasladadas las imagenes de Saturno al momento, llegarán e influirán al resto de la materia, animada o inanimada, contenido del orbe. Difícil dominar este carro guiado por caballos tan rebeldes y por tan trabado camino, ¿por qué no?, nos es menester devorar todo lo que huela a real sin ninguna rémora, sacudir las calles comiendo, con firmes bocados, deshuesando con furia el alimento, para digerir y proveer de nutrientes a lo verdadero e importante, nuestro cuerpo, que lo externo (alimento) transfigure la materia (ser) a partir de la interiorización (ingestión), ya está bien de asumir tanto la metafísica del ser como las aborrecibles contorsiones de la materia circundante. ¡Canibales!, encended las antorchas, que se alumbren bien en la noche los nuevos mensajes de la hipeontología
Estamos a diario enfrentándonos a nuestro hijo, que es el resultante dramático de la homínica ecuación mundo/interpretación/interacción = Realidad. El hijo que, como representación, reúne en sí toda la carga de riesgo que posee la posibilidad de que la imagen proyectada sustituya al sujeto que la proyecta, que el hijo sustituya al padre, algo que, como preconiza toda tragedia griega, HUMANA, debe ser enfrentado tarde o temprano con consecuencias impredecibles; de ahí que, con espectacular voracidad, Saturno (yo, tú, él, nos, vos, ellos) acabe devorando al retoño con la esperanza de vencer, a la vez que a ese implacable Cronos que nos agita en su particular escenario, al status de Dios/Ser Humano que observará el mundo sin posibilidad de corrección o explicaciones; Momento manda, y trasladadas las imagenes de Saturno al momento, llegarán e influirán al resto de la materia, animada o inanimada, contenido del orbe. Difícil dominar este carro guiado por caballos tan rebeldes y por tan trabado camino, ¿por qué no?, nos es menester devorar todo lo que huela a real sin ninguna rémora, sacudir las calles comiendo, con firmes bocados, deshuesando con furia el alimento, para digerir y proveer de nutrientes a lo verdadero e importante, nuestro cuerpo, que lo externo (alimento) transfigure la materia (ser) a partir de la interiorización (ingestión), ya está bien de asumir tanto la metafísica del ser como las aborrecibles contorsiones de la materia circundante. ¡Canibales!, encended las antorchas, que se alumbren bien en la noche los nuevos mensajes de la hipeontología


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